Temas de reflexión

ADORADO SEA EL SANTISIMO  SACRAMENTO
AVE MARIA PURISIMA

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LA NECESIDAD DE SER FELIZ (Introducción a las Bienaventuranzas)

    El hombre es un ser que se siente llamado a ser feliz, pero que demasiadas veces es consciente de su infelicidad. Es más, el hombre ha nacido para ser feliz. Por otra parte, sus momentos de felicidad están siempre ensombrecidos por la precariedad o la constante amenaza de su brevedad.

    ¿Dónde ponemos los hombres la felicidad? Una encuesta hecha en las calles de cualquier ciudad daría como resultado masivo la prioridad que la gente da a la salud, al dinero, al bienestar material, al éxito profesional. El problema es que en la sociedad de consumo del mundo occidental, el hombre ha elegido el camino equivocado, orillando los consejos del Creador de nuestra naturaleza humana.

    Jesús en las bienaventuranzas da un vuelco total a la escala de valores del mundo. Su lenguaje resulta absolutamente desconcertante. ¿Cómo puede uno sentir o esperar un mínimo de dicha estando sumido en la pobreza o padeciendo la calamidad del hambre, del sufrimiento, del insulto o la infamia? Contra todo pronóstico humano, Jesús asegura que eso es posible. Es como si dijera: ¡Alegraos, porque podéis ser dichosos, aun siendo pobres o hambrientos o estando afligidos por el dolor o cualquier contrariedad! ¡Alegraos por esta buena noticia!

    En todo caso, es preciso no caer en la tentación de instrumentalizar, frivolizar, demagogizar o desradicalizar ese mensaje de las bienaventuranzas. El mejor criterio para comprenderlo rectamente y actualizarlo es siempre acudir, como punto de referencia fundamental, al comportamiento de Jesús, que no se limitó a proclamar las bienaventuranzas, sino que las experimentó y practicó en su propia carne. Por eso Jesús fue el primer bienaventurado.

    No hay ninguna duda de que nos encontramos ante un discurso "insoportablemente escandaloso". Además sería mal síntoma que perdiera ese carácter de escándalo. Sin embargo, conviene recordar aquí aquellas palabras de Jesús cuando comunicó al Bautista, que él anunciaba la Buena Noticia a los pobres: "Dichoso aquel que no se escandalice de mí". ¡Esa una nueva bienaventuranza!

    Hoy en día, la gente más que en ir al cielo, está interesada en no ir al infierno, lo cual lo ha solucionado decidiendo que el infierno no existe. Es más, se considera de mala educación hablar de él.

    Que el culmen de la dicha sea la visión de Dios le parece a la gente un exceso, o teme que tanta beatitud le resulte aburrida. En vista de lo cual, ante esa desconfianza en la felicidad futura, se empeñan en ser felices en este mundo, poseyendo aquellas cosas que contribuyen al bienestar material; y a los que tienen la desgracia de no conseguirlas siempre les queda el consuelo de las bienaventuranzas. Pero el presentar las bienaventuranzas como consolación referida exclusivamente al más allá es una auténtica deformación del mensaje contenido en el sermón de la montaña.

    ¿Depende todo de la esperanza en la vida perdurable, en la resurrección? Sin duda: una vida que termina, por muy colmada que esté de bienes, es una infelicidad intrínseca, y la aparente felicidad sería a última hora un engaño. Pero para que no lo sea, para que esa vida perdurable sea la de cada uno de nosotros, es menester que esté enlazada con la que hemos vivido en este mundo, que sea la misma en que elegimos quién aspirábamos a ser para siempre.

    Las bienaventuranzas no son otra cosa que las ocho normas de felicidad que Cristo propuso a sus discípulos para ser dichosos siempre. No ahora, o en el más allá, sino siempre, ahora y luego. Resulta inaceptable la idea de que Dios nos ha traído a este mundo para fastidiarnos, so pretexto de una felicidad que vendrá después. A lo que sí nos impele es a que seamos felices en este mundo, pero procurando hacer felices a los demás.

    Las bienaventuranzas son la carta magna cristiana de la felicidad. Nos ha llegado en dos versiones distintas: la de Mateo y la de Lucas. Ambas son igualmente auténticas, porque ambas recogen y expresan un aspecto esencial del evangelio de Jesús.

Cuestionario

  1. ¿Me siento feliz? ¿En qué he puesto mi felicidad? ¿Trato de transmitirla a los demás, sobre todo a los que me rodean?
  2. Mis noches ante el Santísimo Sacramento son momentos felices, en que desbordo de alegría, explayándome con Jesús?