|
Julio de 2011
LOS SACRAMENTOS
Toda la vida del cristiano crece, se alimenta y se
desarrolla por la acción de los Sacramentos. La Gracia que
recibimos en los Sacramentos va haciendo posible que en
nosotros crezca la nueva criatura de hijos de Dios en
Cristo. El hombre no puede vivir verdaderamente vida
cristina, que es vivir toda su vida humana “en Cristo, por
Cristo, con Cristo”, sin recibir los Sacramentos.
Los sacramentos –hemos de recordarlo- "son signos visibles,
instituidos por Nuestro Señor Jesucristo, que producen la
Gracia". Y tengamos también presente que la Gracia, como
repetiremos de vez en cuando en estas reflexiones, es “una
cierta participación de la naturaleza divina”. La acción de
la Gracia es la de convertir al cristiano en “hijo de Dios
en Jesucristo”. Los Sacramentos son, por tanto, el cauce por
el que el hombre recibe esa “participación en la naturaleza
divina”.
En estas reflexiones sobre los Sacramentos nos centraremos
exclusivamente en la relación de cada sacramento con la
Gracia, y en la configuración de esa "nueva criatura", sin
adentrarnos en ningún otro aspecto teológico, litúrgico,
espiritual, que cada sacramento lleva consigo.
Hasta la venida de Cristo, Dios se valía de signos,
ceremonias, para darnos a conocer su benevolencia y su
presencia entre nosotros, su participación en la historia de
la humanidad, y para dejarnos constancia de su ayuda. En
adelante, y como consecuencia de la nueva vida establecida
por Cristo de las relaciones de Dios con los hombres, esos
signos y ceremonias han dejado de tener significado alguno.
Los Sacramentos se convierten no ya en las "huellas de
Cristo en la tierra" y ni siquiera tampoco en "los caminos
que unen para siempre el cielo y la tierra"; si no en el
encuentro personal-vital de cada cristiano con el mismo
Cristo.
"Los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por
Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación,
Eucaristía, Reconciliación, Unción de los Enfermos, Orden
Sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden
a todas las etapas y todos los momentos importantes de la
vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y
misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una
cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las
etapas de la vida espiritual" (Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 1210).
Los sacramentos son, en resumen, los cauces ordinarios para
el encuentro personal con Cristo y para recibir en ese
encuentro la Gracia, que nos convierte en nuevas criaturas y
nos hace hijos de Dios en Cristo.
Antes de seguir con nuestros razonamientos, se precisa una
aclaración previa. La Gracia que se nos concede en los
Sacramentos no supone, en modo alguno, la desaparición de la
gracia, la ayuda, que Dios concede a todos los hombres,
incluso a quienes nada saben de Cristo ni de la Iglesia –y
no recibirán, por tanto, ningún Sacramento-, para que
alcancen la salvación por otros caminos. Todos los caminos
de la salvación pasan por Cristo –que el Camino, la Verdad y
la Vida para todos, aunque algunos no le conozcan y no
tengan, por tanto, la Fe en Él ni participen en la vida
sacramental.
El desarrollo de los planes de salvación de cada uno de los
seres humanos, es un misterio escondido en Dios hasta el fin
de los tiempos.
Al referirnos de nuevo a los Sacramentos, y ver en ellos los
cauces ordinarios en los que hombre recibe la gracia divina,
conviene desde el principio que no olvidemos la “semejanza
entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida
sobrenatural", que ha subrayado el Catecismo.
En efecto, es el mismo hombre, criatura de Dios, quien ha de
ser redimido, liberado del pecado y convertido en hijo de
Dios en Cristo. Y todo, sin dejar, en absoluto y bajo ningún
concepto, de ser plena y naturalmente hombre. La Gracia no
destruye jamás la naturaleza y, por otro lado, requiere la
cooperación de la naturaleza y de la libertad del hombre,
para producir sus frutos.
Es cierto que, en los sacramentos, la Gracia se origina
directamente por la acción del ministro. No hemos de
olvidar, a la vez, que, para que esa Gracia sea eficaz en la
persona que recibe el Sacramento, requiere que no ponga
obstáculo. Un penitente puede hacer ineficaz el sacramento
de la Reconciliación, por ejemplo, si no lo recibe con las
disposiciones requeridas e incluso, aun acogiéndolo en
condiciones adecuadas, no permite que la gracia produzca en
él una conversión honda y permanente hacia Dios. En el
primer caso, su actuación convierte en inútil el sacramento
y en el segundo, lo hace ineficaz.
* * * * * *
|
Cuestionario
-
¿Soy consciente de la necesidad que
tengo de vivir los Sacramentos?
-
¿Medito con frecuencia sobre la nueva
vida con Cristo: ser hijo de Dios en
Cristo, que crece en mí con la recepción
de los Sacramentos?
-
¿Doy gracias alguna vez a Nuestro Señor
Jesucristo por haber instituido los
Sacramentos?
|
|
|