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CRISTO, SACERDOTE
NOS hadamos en
nuestro número anterior de la Lámpara unas
preguntas a las que debemos ir dando res puesta,
sencilla pero clara, para ir logrando esa
síntesis, esa visión global del conjunto de las
verdades de nuestra fe para ,así, ayudarnos a
vivir en su grandeza y profundidad la realidad
inmensa, inabarcable del amor de Dios que en
Cristo se hace vida para el creyente por la fe y
que en la Eucaristía encuentra su centro
vivificante e iluminador.
Quizás la piedad cristiana no ha caído, con
frecuencia, en el carácter sacrificial del
memorial de la muerte y resurrección de Cristo,
que es la Eucaristía, y por con siguiente de la
naturaleza sacerdotal de Cristo, centrando la
Eucaristía casi únicamente en la presencia real
del Señor y en la comunión de su cuerpo y de su
sangre, sin hacer, pues, consciente la relación de
esa comunión y presencia con la cruz y la
resurrección.
Al adentramos en la plenitud del misterio
eucarístico iremos descubriendo como elementos
fundamentales e inseparables:
La Encarnación del Hijo
de Dios
El sacrificio de la cruz
y su conexión y anticipación en la Ultima Cena
La Eucaristía como
presencia y actualización en la tierra y en el
tiempo de la función sacerdotal de Cristo
La unión de la Eucaristía
con la liturgia celestial en la que Cristo
sigue, por la eternidad ejerciendo su misión
sacerdotal de mediador.
Esta trayectoria de Cristo en
la realización del plan de amor de Dios para el
hombre y de su redención del pecado, es
realización del sacerdocio de Cristo.
No es un título, es el ser mismo de Cristo. Quizás
podríamos algunos pensar que el título de
sacerdote aplicado a Cristo o es una mera
expresión sin especial contenido o una moda en la
historia de la espiritualidad católica. Incluso no
han faltado quienes veían en ese título una
desacralización de Cristo, una reliquia
inaceptable del Antiguo Testamento y se quedaban
tan a gusto afirmando que Jesús era un seglar.
Es cierto que fue en 1971
cuando Pablo VI aprobaba el texto de la Misa y de
la Liturgia de las Horas de Jesucristo Sumo y
Eterno Sacerdote. Pero para ser exacto hay que
decir que el contenido y la expresión de Cristo
Sacerdote está presente —y muy presente- en toda
la tradición, en la liturgia y en la teología
católicas. No podía ser de otro modo cuando la 5.
Escritura es clara en ese contenido y en el mismo
título de Sacerdote, como recordaremos mas
adelante, en estas líneas. No podemos, es claro,
alargarnos en repasar la evolución en los
misterios de la teología y de la liturgia de ese
título. Pero podemos resumir el tema diciendo que
las expresiones de redentor, salvador, mediador,
son equivalentes al titulo de Sacerdote.
El sacerdote, en el Antiguo
Testamento y en todas las religiones es el
mediador entre Dios y los hombres. Un mediador
siempre imperfecto pues siempre es un hombre, que
queda al lado de acá en ese abismo que separa la
criatura del Creador. Abismo que sólo podría
salvar quien, a la vez y de pleno derecho
estuviera en los dos lados del abismo. Cristo
verdadero Dios y verdadero hombre cumple, el solo
y para siempre esa misión sacerdotal de mediador
perfecto entre Dios y el hombre, entre el Creador
y la criatura.
Por eso la Encarnación de
Cristo es la clave de esa misión intercesora,
sacerdotal de Jesús.
El sacrificio de la cruz es culminación en la
tierra de toda la vida sacerdotal de Cristo,
sacrificio de alabanza, supremo culto, redención
de los pecados. Pero no olvidemos que lo que
caracteriza al sacrificio no es tanto la
destrucción de la víctima como la oblación, la
entrega que a Dios se hace de la víctima. Toda la
vida de Jesús es sacerdotal, ejercicio de su
perfecto sacerdocio, de su mediación entre la
humanidad y Dios. Es más, entre la creación entera
y el Creador. La Encarnación fue el momento
crucial definitivo en la historia de la humanidad
en que se ha salvado el abismo, en el que se ha
construido un puente, un autentico mediador y en
el que Cristo ha comenzado su vida de mediador que
culminará con la entrada en un taberna- culo, no
construido por mano de hombre, en el que se
presentará con una ofrenda única e irrepetible, su
propia sangre.
La Ultima Cena conecta
directamente la pasión, el sacrificio de la Cruz
con la Eucaristía haciendo de la muerte y
resurrección de Jesús una realidad sacramental (es
decir, visible y portadora de la gracia) del
ejercicio perenne sacerdotal del que nos habla la
Carta a los Hebreos y el Apocalipsis.
Nos acercamos a la persona de Jesús que desde su
primer minuto de existencia en la tierra, al tomar
nuestra humana naturaleza hizo de su vida una
oblación al Padre, para ir descubriendo la
grandeza de su misión sacerdotal. Para después, y
solo así, compren damos la realidad sacerdotal del
cristiano en el mundo y del lugar excelso del
ejercicio de ese sacerdocio, el de Cristo, el de
todo cristiano y del ministro por El escogido en
la Eucaristía.
A. de T.
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CRISTO EN LA LITURGIA
«Realmente en esta obra (la liturgia)
por la que Dios es perfectamente
glorificado y los hombres
santificados, Cristo asocia siempre
consigo a su amadísima Esposa la
Iglesia, que invoca a su Señor y por
El tributa culto al Padre Eterno.
Con razón, entonces, se considera la
liturgia como el ejercicio del
sacerdocio de Jesucristo. En ella, los
signos sensibles especifican, y cada
uno a su manera, realizan la
santificación del hombre, así el
Cuerpo Místico de Jesucristo, es
decir, la cabeza y sus miembros
ejercen el culto público integro.
En consecuencia, toda celebración
litúrgica, por ser obra de Cristo
sacerdote y de su Cuerpo que es la
Iglesia es oración sagrada por
excelencia, cuya eficacia con el mismo
título y en el mismo grado, no la
iguala ninguna otra acción de la
Iglesia»
(Vaticano II, Con. Sobre la liturgia,
7) |
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N°27/Abril- Junio 2008
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