EN MEMORIA MÍA

 

PARA VIVIR LA EUCARISTÍA,
SENTIDO DE LA IGLESIA

¿Qué pasos seguir en nuestro empeño de llegar a una vivencia profunda y transformante de la Eucaristía?
Decíamos que el primer paso tenia que ser el conocer, valorar y participar en los ritos externos de la liturgia, de la celebración eucarística.
Es lógico, tanto desde un punto de vista teológico como pedagógico. Pues en esas acciones externas (gesto y palabras) es donde se realiza la acción de Dios, la presencia de Cristo, la comunicación de su gracia, nuestra progresiva incorporación al Señor. Es el misterio de encarnación en el que Dios ha querido realizar su plan de salvación.

Y también porque El ha querido —así lo ha hecho- que por lo externo lleguemos a lo interno (Hb 11,3), que por lo visible lleguemos a lo invisible.
Todo lo que hagamos —sacerdotes y fieles- por conocer, dignificar y penetrar en el sentido de los ritos externos será (bien orientado) camino eficaz para vivir la Eucaristía y, así, toda la abundancia de vida que en ella se nos comunica.

No es coincidencia que el resurgir del interés por la liturgia haya ido a la par del resurgimiento de un sentido más profundo de Iglesia.
¿Cual es nuestra situación en este punto? Hace cuarenta años un teólogo benedictino (en un libro espléndido, Verheul. Introducción a la liturgia. Ed. Herder) resume así la situación:

  • El católico apenas ve ya en la Iglesia más que una organización jurídica externa.
  • Considera la Iglesia como una institución que está fuera de nosotros a la que nos dirigimos cuando necesitamos algo.
  • Otros la consideran como una organización humana como puede ser un partido político.

¿Ha variado la situación desde entonces? Pensamos que sí. ¿Poco, mucho? Dinamos que, en general, bastante. Aunque haya grandes grupos y muchas personas que vivan en serio esa realidad más profunda de la Iglesia. Y haya también personas, grupos, parroquias que aun estén comenzando el camino. No es este lugar donde expandirnos en este importante tema y en los pasos de esa evolución que ya comenzó a mediados del siglo XIX. Entre otros factores que constituyeron a ese resurgimiento de un sentido más profundo de Iglesia están, sin duda, el Concilio Vaticano 1, la labor de grandes teólogos como Scheebenschmaus, Guardini, De Lubae, Danielov y una serie de movimientos católicos entre los que destaca la Acción Católica y las asociaciones misioneras. Y sobre todo algunas encíclicas papales de Pío XI y Pío XII.

No podemos ahondar en el sentido de la liturgia y de la Eucaristía sin un cono cimiento y una vivencia de lo que es la Iglesia. Y viceversa. Y por ello, paralelo a ese despertar del sentido de Iglesia se daba una renovación litúrgica que comenzó por Alemania y Francia y se fue contagiando a toda la Iglesia.
Tendríamos que leer y meditar la Encíclica de Juan Pablo II “La Iglesia vive de la Eucaristía” y de la Exhortación Apostólica de Benedicto XVI “El sacramento de la caridad”. En estos dos preciosos documentos resalta esa interrelación de Eucaristía e Iglesia tanto desde un punto de vista doctrinal como vivencial.
No podemos en pocas páginas ni siquiera reunir el rico contenido de estos dos documentos papales. Estos y la lectura de la Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia nos ayudarían a vitalizar ese sentido de Iglesia que en la Eucaristía puede y tiene que encontrar una penetración vital y permanente.
Pero si puede ser útil y oportuno que destaquemos algunos pasos que nos ayuden a incrementar nuestro sentido de Iglesia para que nuestra Eucaristía sea realmente la Eucaristía de “toda la Iglesia”, para que adquiera, así, la dimensión que tiene su misma naturaleza y por la voluntad del Señor que la instituyó.
Aunque sea muy brevemente hagámonos algunas consideraciones.

  • Ante algunas manifestaciones como “Cristo sí, Iglesia no”, tenemos que realizar y cimentar nuestra convicción en la unión indestructible de Cristo-Iglesia. De lo contrario acabaremos cayendo en un estéril subjetivismo, pronto o tarde, y en quedarnos sin Cristo y sin Iglesia.
  • Sentir a la Iglesia como Comunidad, es decir, primordialmente la Iglesia es un conjunto de personas que libremente viven una misma fe al Cristo que se les ha dado gratuitamente, la profesan en común y la llevan a sus vidas. Esto significa, entre otras cosas, participar, es decir, tomar parte activa en la vida de la comunidad, en la celebración de la fe que es la liturgia, la Eucaristía y también en tantas otras actividades apostólicas y caritativas como surgen en una comunidad viva.
  • Ese sentir con la Iglesia, ese vivir la Iglesia tiene que llevarnos a superar un no imaginario peligro de capillismo en la Iglesia. En casi todos los templos lo observamos, está la nave principal, espaciosa, iluminada y presidida por el altar mayor... y luego hay una serie de capillas laterales, pequeñas, recogidas que invitan a la concentración... Nos parece una comparación elocuente. En la Iglesia existe —ha existido siempre- el riesgo, la tentación del “capillismo”, hacer nuestra pequeña iglesia, acogedora, íntima, para pocos, pero un tanto al margen de la gran Iglesia, de esa Iglesia que por naturaleza es católica, universal, en la que no hay distensiones ni separaciones, que está hecha de perfectos y de menos perfectos, abierta a todos, con multitud de manifestaciones —eso sí- según los múltiples carismas, vocaciones y servicios que en la Iglesia el Espíritu, a lo largo de la historia ha ido promoviendo.

Ese “capillismo” eclesial lleva, con frecuencia a la creación de peculiaridades diferenciales en la liturgia, en el estilo de relación y comportamiento. Puede llevar —asilo enseña la historia- hasta la formación de una secta.
La liturgia, la Eucaristía no puede separar, desunir, la llamamos “vinculum unitatis”, vínculo de la unidad. Malo que se hiciera signo o síntoma de elitismos, de discriminaciones.
Es el riesgo de que la Eucaristía se considere como una “propiedad” del hombre como tal y significara la unidad con otros hombres del mismo grupo, de la misma asociación.

El cardenal D. Marcelo González resumía así estos peligros: «De ahí a la tendencia de las Misas de grupos, no como un paso, acaso conveniente, para llevarlos a la comunidad de la Iglesia total, sino como manifestación de la unidad que los miembros del grupo mantienen entre si.
La tendencia a inventar los signos que se estiman oportunos según el propio inicio, con desprecio absoluto de las normas de la Iglesia. A multiplicar los signos del grupo humano y a limitar los signos de adoración, de conciencia de la presencia del Señor» (Eucaristía y religiosidad. Semanas de Teología. 4 pag. 30)
Que distinto estilo y sentido profundo de Iglesia el que encontramos en los Santos Padres, en todos los grandes teólogos y maestros espirituales, en los veinte siglos de vida de la Iglesia.

Jesús González Prado
 

N.° 27/Abril - Junio 2008