EUCARISTÍA Y VIDA CRISTIANA

 

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
Y ADORACIÓN

 

LA celebración eucarística es el acto más grande de adoración de la Iglesia.

Es conveniente que de entrada ha gamos una explicación de los términos. La Eucaristía es el nombre con el que designamos todo lo referente al Sacramento de la presencia real y sustancial de Cristo en las especies de pan y vino consagrados: una exposición del Smo; una procesión, por ejemplo la del Corpus, etc, son formas de celebrar la Eucaristía. La celebración reina de la Eucaristía es la santa misa, porque sólo en ella hacemos presente el misterio de la cruz. En los demás actos eucarísticos veneramos esa presencia.

La liturgia de la misa repite, después de la consagración, que celebramos en ella el memorial del misterio pascual. Dice el canon primero: “Por eso, Señor, nosotros, tus siervos y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección del lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los cielos, te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación”.

La Misa, según la fe de la Iglesia católica, es memorial, no solamente memoria. Hay una diferencia esencial y abismal entre los dos términos. Cuando celebramos la memoria de un acontecimiento pasado no traemos realmente aquel pasado a nuestro presente objetivamente. Lo hacemos presente en nuestra memoria y lo representamos fuera de nosotros repitiendo los hechos del pasado. La memoria re cuerda el pasado y presta materiales para imitar los gestos que tejieron la historia que ahora queremos conmemorar. Por ejemplo, se imitan batallas con los trajes y armas de la época. Pero la batalla concreta queda escondida en el pasado. O cuando se cumplen aniversarios de matrimonios u ordenación sacerdotal, se pueden celebrar los ritos del pasado, pero ya no confieren el sacramento. Ni se casan de nuevo, ni se ordenan de nuevo.

La misa es memoria de la última cena, en cuanto recordamos la que Cristo celebró con sus discípulos antes de padecer. Pero si la consideramos sólo así la hemos vaciado de su significado más profundo. Puede ser cena sin auténtica presencia sacramental. El pan y el vino son un mero gesto que recuerda la acción de Cristo. No hay consagración. El vino sigue siendo vino y el pan pan, porque no ha habido verdadera transubstanciación.

Terminada la ceremonia el vino y el pan sobrantes pueden volver a la botella y a la cesta del pan y puede ser bebido y comido en el uso ordinario.

El memorial no es solamente recuerdo de lo acontecido, sino que el pasado se hace presente delante y fuera de mí. Hay algo fuera de mí que yo puedo descubrir ayudado de la fe. Lo esencial del memorial es traer el pasado al presente mediante la consagración por la fuerza transformadora del Espíritu Santo en la consagración. En las especies consagradas ha habido un cambio sustancial, que la Iglesia Católica llama transubstanciación, mediante la cual ya no hay pan en el pan, ni vino en el vino, sino Cristo con su cuerpo alma y divinidad.

Como consecuencia de todo esto la Misa es verdadero sacrificio. Las especies consagradas son la nueva vestidura del cuerpo resucitado de Cristo. El mismo
que colgó de la cruz. Sus llagas gloriosas recuerdan y hacen presente el sacrificio del Calvario.

Pero la misa no es un nuevo sacrificio. “Todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santifica dos (...) Ahora bien donde hay remisión de estas cosas, ya. no hay más oblación por el pecado” (Hebr 10, 11 — 18).
Ni es tampoco la misa una repetición del sacrificio de la cruz. La eficacia de aquel sacrificio vale para la humanidad de todos los tiempos. Su valor infinito hace que no se necesite repetir el sacrificio de la cruz. Hablando con propiedad el sacrificio de la misa es el mismo que el de la cruz, aunque verificado de una manera incruenta. En la misa representamos el sacrificio de la cruz, es decir, hacemos de nuevo presente el sacrificio del Calvario. Se distinguen entre sí en que el ministro y la víctima eran en la cruz el mismo Cristo, mientras en el altar la víctima es Cristo y el ministro visible el sacerdote, que actúa en la persona de Cristo. En el Calvario hubo derramamiento de sangre, mientras la misa es sacrificio incruento.

Con toda razón afirma EL Catecismo de la Iglesia: “La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto” (no 1366). Como tal es el supremo acto de adoración.

La adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística.

Es una consecuencia de todo lo que hemos expuesto anteriormente. La transubstanciación indica que el cuerpo resucitado de Cristo sigue presente en las especies consagradas. Hay una cierta continuidad del sacrificio de la cruz en el Sacramento de la Eucaristía. El creyente descubre iluminado por la fe esa presencia, que sigue siendo la actualización de la suprema adoración al Padre desde la cruz de Cristo. Llevado por este descubrimiento se postra en adoración, que es la respuesta espontánea del hombre ante la presencia de Dios. “Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16) (Homilía de Benedicto XVI el día del Corpus Christi en Roma 22 de mayo 2008)

La adoración es una mezcla de profesión de fe y de humildad. Adorar supone el reconocimiento de la majestad y de la santidad de Dios. “Sólo a tu Dios adorarás”, le dijo Jesús al tentador (cf. Mt. 4,10). La adoración solamente es permitida al Dios omnipotente. La adoración a cualquiera otra creatura por santa que sea es considerada como un acto de idolatría. Ni siquiera la Virgen puede ser adorada. Su grandeza no la saca del campo de lo creado.
El segundo componente de la adoración es la humildad. Ante la inmensidad de Dios el hombre se reconoce un ser pequeño e insignificante y ante la santidad de Dios el hombre se llena de temor y se reconoce como pecador. El Antiguo Testa mente ofrece multitud de ejemplos en los que aparecen claros estos componentes de la adoración.

Es verdad que el pan de la Eucaristía no fue dado explícitamente para ser adorado, sino comido. Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica reconoce esta dificultad presentada por algunos contra la adoración al Santísimo: “Una objeción difundida entonces (después del Vaticano II) se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no había sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía San Agustín: (...) Nadie come de esta carne sin antes adorarla (...) pecaríamos si no la adoráramos” (nº 66).

En ninguna parte del NT aparece explícitamente la obligación de adorar el pan consagrado. La adoración es una consecuencia clara que la Iglesia dedujo, desde sus primeros momentos, de la fe en la presencia real y sustancial de Cristo, como Dios y como Redentor.

(continuará)
Alejandro Martínez Sierra, S. J.


N.° 27/Abril - Junio 2008